España.- Cuando Laura Luelmo tenía tres años y empezó a asistir a la escuela infantil en Zamora, Bernardo Montoya ingresó por primera vez en la prisión de Huelva. Una noche de diciembre de 1995 –él tenía 27 años y era toxicómano–, se coló por la ventana de su vecina Cecilia Fernández de 82 años en Cortegana; la esperó escondido en el dormitorio de la anciana que vivía sola y le asestó seis machetazos en el cuello y uno en el costado. La dejó desangrándose y se fue a su casa a esconderse. Montoya vivía con su mujer y sus dos hijos (una de la edad de Laura). Allí lo detuvo la Guardia Civil. El año anterior ya había atacado a su vecina para robarle y decidió matarla para que no declarara contra él en el juicio. «Era un bicho. Dijo que habíamos colocado pruebas falsas», recuerda el guardia civil Emilio Díaz, hoy jubilado, responsable de su arresto. «Cuando acabó el juicio y lo trasladamos me amenazó con que me iba a esperar y al salir de la cárcel me iba a cortar el cuello. Es un tío frío y calculador. Mala gente, de esa que no cambia».

Lápices de colores
Laura amaba desde niña los lápices de colores. Cualquiera que habla de ella se refiere a su sonrisa y su dulzura, tanto en Villabuena del Puente (Zamora), el pueblo de 700 habitantes del que procede su familia materna, como en la capital donde nació y se crió. Bernardo Montoya, su gemelo Luciano y sus otros hermanos (siete) nacieron en Badajoz de donde era la madre. Manuel e Isabel, sus padres, emigraron a Lloret de Mar (Barcelona) hasta que en los años ochenta volvieron a Cortegana, con algunos de sus vástagos, a la casa de la abuela que había vivido siempre integrada con sus vecinos y sin dar que hablar. Sus nietos gemelos acabarían provocando que el pueblo entero pidiera su expulsión.

Cuando Laura era ya una adolescente de 15 años y estudiaba en el colegio zamorano Sagrado Corazón de Jesús, igual que sus dos hermanos, Violeta y Ángel, Bernardo Montoya llegó a El Campillo, a 47 kilómetros de Cortegana, en uno de sus primeros permisos penitenciarios. En 1997 había sido condenado a 17 años y 9 meses de prisión por asesinar a su vecina Cecilia, por obstrucción a la Justicia y allanamiento. La sentencia le prohibía pisar Cortegana durante cinco años. Su padre había comprado una casucha de 50 metros en la calle Córdoba, a las afueras de El Campillo, y allí fue a parar el recluso, a la calle ahora maldita.

El 26 de abril de 2008 siguió a una chica de 27 años de esa localidad que paseaba con su perro. Le colocó un cuchillo en el cuello: «Como grites, te pincho, tira para abajo», la amenazó. El pastor alemán de la mujer lo impidió y fue apuñalado por el preso de permiso. La víctima consiguió escapar. Solo le condenaron a un año y seis meses por amenazas. Era la segunda vez que atacaba a una mujer con un cuchillo. «Es incapaz de seguir normas, insensible y agresivo. No tiene control de impulsos», explica a ABC un psicólogo experto en monstruos como Bernardo Montoya al repasar su currículum de depredador.

Los padres de Laura, Maite Hernández, funcionaria del servicio de Empleo de Zamora y Ángel Luelmo, ingeniero agrónomo de la Junta de Castilla y León, procuraron para sus hijos una buena educación y criaron a tres chicos libres y aplicados. Los tres la aprovecharon. Los tres han vivido en otros países y han seguido formándose. Laura amaba el arte y los museos, viajar y la música, pero mantenía intacto el apego a los suyos. «Home sweet home», escribió en su cuenta de twitter tras uno de sus viajes.

Cuando Laura Luelmo empezó a estudiar Bellas Artes en la Universidad de Salamanca, Bernardo Montoya seguía en prisión. Ya había atacado a un funcionario en Puerto III (Cádiz) porque le denegaron un permiso para ir al entierro de su madre. Hubo un tiempo en que en su módulo le llamaban «el Mataviejas» al saber lo que había hecho a su vecina.

Laura completó su formación con una estancia en la Universidad de las Américas en la localidad de Puebla (México) e hizo un Máster en Valencia para dar clases de dibujo en Secundaria y Bachillerato. «Work hard», escribió en varias ocasiones. «Necesito tiempo para mí (pintura, ilustración (…) ¿alguien da más?». Su novio desde que eran unos críos, Teófilo Jiménez, seguía orgulloso su proyección profesional.

Para unos meses
En 2015, Bernardo Montoya ya es un hombre libre pero no le iba a durar mucho. Se muda a la nueva casa que ha comprado su padre en Cortegana. Otra vez sus vecinas están en peligro. El 30 de mayo asalta a otra de ellas. La mujer vive en la acera de enfrente y logra huir pero a la mañana siguiente consigue quitar el bolso de un tirón a una anciana de 85 años. Un año después le condenan a dos años y diez meses de cárcel por los dos robos y vuelve a la cárcel. Laura, mientras, expone sus magníficas caricaturas cervantinas en la Biblioteca Nacional. Aparece espléndida, rodeada de sus lápices de colores y sus creaciones, ajena al monstruo que duerme entre rejas en la otra punta de España.

Cuando el 23 de octubre Montoya salió definitivamente de prisión y se instaló en la vivienda de El Campillo, que la Guardia Civil encontró llena de inmundicia, Laura hacía una sustitución de apenas un mes en el colegio zamorano Nuestra Señora del Rocío.

A principios de diciembre la llaman para una vacante en el Instituto onubense de Nerva. «Yo creo que estaré unos dos meses como máximo», contó a un compañero un día antes de que se cruzara en su camino Bernardo Montoya. Otra profesora le cede la casita de la calle Córdoba que había comprado al padre de Bernardo, justo enfrente. Laura pasó tres días en ella. Desde la primera vez que cruzó su mirada con la del depredador tuvo miedo.

«Me encapriché de ella», dijo Montoya, con una pasmosa tranquilidad que tensó a los que lo escuchaban en el cuartel de Valverde del Camino». Busca su propio beneficio y placer de forma inmediata», resume el psicólogo experto en asesinos. Y aclara: «La maldad existe. Llevamos al menos tres este año». La juez lo mandó a prisión el viernes de madrugada por detención ilegal, agresión sexual y asesinato. El «mataviejas» está aislado en la enfermería de la cárcel de Huelva. Un preso de confianza lo vigila a través de un cristal. Como al monstruo que es.

abc.es

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