Lleva desde diciembre de 2004 -ya hace 14 años- proclamando a las cuatro paredes que le retienen que su encierro es fruto del contubernio de una sociedad podridaque le tiene preso, que odia su ideología, que está ciega por el racismo. Lleva catorce años cociéndose en ese razonamiento y el año próximo -en realidad dentro de cuatro meses aproximadamente-, si nada lo impide, con la misma rabia vieja con la que entró en prisión podría salir de ella.

Hassan El Haski, acusado de ser miembro del Grupo Islámico de combatientes Marroquí, condenado por ser uno de los autores intelectuales de la masacre del 11-M tiene su vida sujeta al yihadismo en la prisión de Villena, una de las más seguras del país.

A El Haski le encontró la Policía de pinche en un restaurante de Lanzarote. Extraño destino para un marroquí de origen humilde que se marchó hasta Pakistán para estudiar Teología islámica en Karachi, enseñó en la Universidad de Damasco y formó una familia en Siria, antes de todo, cuando el infierno sólo llevaba el nombre de Bashar al Asad.

Hassan cortaba cebollas con el permiso de residencia en regla y cotizando a la seguridad social. Correcto, habitualmente amable, sorprendió a todos en el juicio, cuando su voz apagada adquirió un tono encendido, soberbio, displicente, sobrado, ante algunas preguntas. Después, en prisión, regresó a su cortesía habitual.

Volvió a pelear judicialmente hasta la extenuación, con tozudez, cada resquicio de su sentencia. Lo hizo más allá de lo razonable, según fuentes jurídicas, participando en una estrategia de intento de bloqueo administrativo en la que los presos yihadistas han sustituido a los etarras presos. Por imitación. Insistió en que no conocía a ninguno de los acusados y en que sólo había pasado por Bélgica y por España porque buscaba una cura para la pierna de su hija enferma.

En Villena apenas sale cuatro horas al día de su cubículo pero no ha sentido la necesidad de emplear el tiempo aprendiendo español porque otras urgencias espirituales le interpelan. Debe mantener prietas las filas del ejército de Alá. No se relaciona con nadie, aparentemente. Mejor dicho, sólo se le ha visto relacionándose con otros tres de aquellos terroristas a los que dijo no conocer, entre ellos, Jamal Zougam. Una investigación efectuada en varios recintos penitenciarios durante los últimos meses -la operacion Escribano- les señalaba a todos ellos como miembros de una red de captación de yihadistas.

Hassan El Haski es uno de los más de 500 reclusos islamistas que saldrán de las prisiones europeas en los próximos dos años, según los datos que manejan las Fuerzas de Seguridad, configurando una suerte de quinta columna de consecuencias impredecibles. Sólo en España, en los próximos ocho años abandonarán los recintos carcelarios 73 de los 129 presos yihadistas que permanecen hoy recluidos -en el mes de marzo pasado había 15 más- .

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Y, según expertos operativos y estudiosos, no salen precisamente rehabilitados. Más bien al contrario. Las autoridades francesas, que llevan tiempo enfrentándose al problema, que han probado diferentes métodos de reinserción y tratamiento parecen haberse rendido abiertamente a la evidencia y haber asumido que los yihadistas, cuando acaban de cumplir condena permanecen igual o más radicales de lo que entraron.

Un estudio elaborado recientemente por el Instituto Elcano realiza un recorrido por la evolución experimentada por los reclusos yihadistas en las cárceles españolas. Hace ya bastante tiempo -corría el año 2000- que la Administración perdió la bisoñez de un principio cuando permitió a un joven Abderrahmane Tahiri -un delincuente común que se había dejado seducir por «las actitudes y creencias del salafismo más violento»- radicalizar a una decena de presos en la prisión de Topas, en un recinto de uso polideportivo, que puso a su disposición para efectuar los rezos colectivos. Le dejaban incluso mantener encuentros más restringidos.

Antes del 11-S y cuatro años antes del 11-M, Tahiri ya había ideado un modo de cometer un atentado suicida estampando un camión con 500 kilos de explosivos contra la Audiencia Nacional. Para llevarlo a cabo tenía pensado utilizar a sus acólitos, una vez estos saliesen de prisión. Acostumbraba a cartearse con islamistas fuera y dentro de prisión, en España y en el extranjero. Mantenía correspondencia con los autores de los atentados de las Torres Gemelas.

Según los expertos, la dispersión de los terroristas de una misma organización puesta en práctica con los presos de ETA, la posibilidad de supervisar las visitas y la correspondencia, y un mayor control de los líderes religiosos que imparten su doctrina entre los reclusos son elementos que dan cierta ventaja a las Fuerzas de Seguridad españolas respecto a las de otros países. También les ayuda, aunque sólo en primera instancia, una estrategia antiterrorista muy significada.

El profesor Fernando Reinares sostiene que tras los atentados del 11 M los responsables del ministerio del Interior y de la Audiencia Nacional decidieron aplicar de un modo espontáneo un «estilo anticipatorio» a la hora de desactivar las células yihadistas. Consideraron que, para evitar riesgos mayores, debían atacarlas cuando no se había producido un excesivo desarrollo en su planteamiento y preparación.

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Este tipo de estrategia antiterrorista tiene efectos disuasorios sobre aquellos militantes menos radicalizados y explicaría que no hubiera habido más atentados entre los suicidios de Leganés, el 3 de abril de 2004, y el atentado de Barcelona y Cambrils del 18 de agosto de 2017. Sin embargo, encierra el inconveniente de que las condenas están fundamentadas en «evidencias incriminatorias menos sólidas» y, por lo tanto, son más leves que si se hubiera esperado al desarrollo total de la célula. La permanencia en prisión de los involucrados es menor.

En España, un 10% de los yihadistas se radicaliza en prisión. Es, con diferencia, el porcentaje más reducido entre todas las situaciones de estímulo. Son más peligrosas las casas o las calles pero también es cierto que las circunstancias en las que se produce el proceso concentra la peligrosidad del terrorista.

Circunstancias como el rencor, el deseo de venganza y la crisis que provoca el encierro. La estancia previa en prisión de uno de los terroristas del 11-M intensificó su fanatismo y su paranoia hasta el absoluto desequilibrio. Raquel Alonso, que fuera esposa del yihadista Nabil Benazzou, explica que, cuando iba a visitarle a prisión, su marido les explicaba que «se sienten víctimas de nuestro sistema, mártires, lo que les lleva sólo a rodearse de sus hermanos; para ellos el resto son infieles, ellos no creen en la democracia y piensan que están ahí por la aversión que se les tiene por musulmanes. Y la relación de sus correligionarios en prisión no hace otra cosa que hacerles cada vez más fuertes en sus sentimientos y en sus formas de pensar, generando un odio más grande hacia Occidente».

Circunstancias de mayor peligrosidad como el polo de atracción que implican los reincidentes -un 7% del total de los condenados entre 2004 y 2018- o la incorporación al credo radical de delincuentes comunes que aportan sus conocimientos, habilidades y contactos a la causa.

El Instituto Elcano, tras analizar cada elemento concluye que «la evidencia empírica sugiere que existe un significativo y persistente grado de reincidencia en actividades yihadistas dentro y fuera de las prisiones», un elemento especialmente interesante si tenemos en cuenta los reclusos que van a salir de prisión en los próximos diez años.

Con ser delicada esta situación, todavía lo es más en los países europeos más afectados. Los británicos y los alemanes han aplicado distintas políticas penitenciarias sin conseguir los efectos deseados. En Gran Bretaña todavía están probando el sistema de aglutinar a los más radicales en unas cuantas prisiones. En Francia lo han intentado todo, desde aproximaciones de tipo psicológico hasta intentos de desradicalización con el testimonio de antiguos extremistas, a la aplicación de sistemas que sí obtuvieron un éxito reseñable en otros ámbitos como la neutralización de conflictivas de pandillas urbanas.

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«Le voy a decir la verdad», contaba a este periódico hace dos años ya la doctora gala Amélie Boukhobza, pionera en terapias contra el yihadismo, «cuando están al principio de radicalización aún es posible trabajar con ellos. Pero cuando ya son yihadistas es imposible rehabilitarles. No hay nada que hacer».

Francia, uno de los grandes focos de musulmanes radicales en Europa tiene varios problemas extra: no controla a los presos, hay muchos más inmigrantes de segunda generación -por lo tanto no pueden ser expulsados del país cuando cumplen condena porque son franceses con todos los derechos- y sus cárceles están masificadas.

Y 1.500 radicalizados

«Se estima que en los próximos dos años, además de los que entraron por condenas relacionadas con el yihadismo, saldrán de las prisiones francesas unos 1.500 reclusos que entraron por otros delitos pero que se han radicalizado en los centros penitenciarios», advierte Manuel Torres, asesor de Europol y profesor de la Universidad Pablo de Olavide

«La sociedad occidental debe ser consciente de que el problema está ahí y de que hay posibilidades de que la salida de estos presos alimente la próxima oleada. Dependerá del contexto. A veces el radicalismo acaba siendo absorbido por un escenario de conflicto externo y si este no existe, el terrorista puede volver su activismo al interior de su propio país», señala.

El hecho de que el Daesh haya visto frustrado su proyecto de configurar un Estado Islámico y haya fracasado, no tiene por qué implicar que los yihadistas quedan desactivados. «Eso no significa que el peligro no sea latente, el peligro puede ser azaroso. Puede ser suficiente que alguien que ha estado fantaseando con la idea de unirse a esa lucha se tropiece con un vídeo o conozca a alguien…».

Probablemente la operación Escribano -provocada por Tahiri, una vez más, y seguida por su amigo Zougam- mantenga a Hassan el Haski un tiempo más en prisión. A diferencia de quienes cumplen condena sin otra cuenta pendiente, le esperan diez años en una prisión marroquí por los atentados en Casablanca. Siempre y cuando el rey Mohamed VI no aplique uno de sus frecuentes indultos. Incluso es posible que todos los implicados por dicha operación sean expulsados del país. Aun así, si algo ha demostrado el yihadismo es que el odio es un estímulo extenso y sin prisa.

elmundo.es

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