POLÍTICA

Vicepresidente dice que el desastre en Alpacoma mostró “convicciones ecológicas” de “color de piel”

Página Siete Digital / La Paz

El vicepresidente Álvaro García Linera arremetió el domingo en contra de activistas, ambientalistas e incluso “periódicos hipócritamente ‘sensibles’ con el medioambiente” sobre el presunto silencio que mantuvieron por el desastre ambiental de Alpacoma.

Sobre la base del concepto de “racismo ambiental”, el segundo mandatario, en un artículo publicado en el diario La Razón, señala que el deslizamiento de 850 mil metros cúbicos de basura, es el “desastre ambiental más grande y peligroso de las últimas décadas” en La Paz, pero el que “mayor silencio y complicidad ha obtenido” de instituciones y medioambientalistas.

Critica al CEDLA, Cedib, Fundación Solón, Fundación Tierra, Inesad, Jubileo, Derechos Humanos de Bolivia, periódicos, exasesores ambientalistas de Usaid y varios otros a los que les dijo que se quedaron “mudos y ciegos ante la catástrofe que golpea a La Paz” y evitaron movilizaciones, talleres o denuncias internacionales en favor de la tierra.

“Todos ellos se han puesto de acuerdo para guardar un silencio cómplice y extirpar momentáneamente de su vocabulario la palabra medioambiente para no perjudicar políticamente al alcalde de la ciudad (Luis Revilla)” o “puede afectar al candidato que hará frente a los indios en octubre”, entonces, “la preocupación por la salud pública evapora instantáneamente ante el cálculo político de resta de votos que puede provocar hablar la verdad”.

“Convicciones ecológicas tienen color de piel”

“Pero lo que ya es indigno”, dice el artículo titulado “Alpacoma y el racismo ambiental”, es el “oportunismo mercenario con el que los ideólogos del conservadurismo mercadean sus convicciones ecológicas” porque “si les hacen daño a sus enemigos” son “furibundos medioambientalistas dispuestos a inmolarse para defender el bosque”.

Sin embargo, según García Linera, si “la perturbación ecológica afecta a aymaras, campesinos o a vecinos y comerciantes de la ciudad, no es un tema ambiental digno de mencionarse”. A su juicio, “el medioambiente que les gusta reivindicar no es el que afecta a campesinos vinculados al mercado ni a los barrios populares de las ciudades; mucho menos si se trata de indígenas, migrantes y trabajadores que los han sacado de los cargos de poder heredados por apellido”.

Entonces, continúa, “las convicciones ecológicas tienen color de piel y estirpe. Si son de familias notables las que talan el bosque, derraman desechos tóxicos, se considera una actividad empresarial ‘amigable’ con el medioambiente”.

Pero, según García Linera, “cuando se trata de indígenas en condición de mayoría política y demográfica, culpables de arrebatar privilegios de clase a las viejas élites decadentes, son ‘indios malos’, depredadores, sin derechos sociales y mucho menos ambientales”.

Excepcionalmente, argumenta, “si se trata de minorías indígenas, en condiciones de debilidad política regional o de subordinación laboral, entonces son ‘indios buenos’, verdaderos, dignos de postal” hasta susceptibles de “una pasarela de adscripción honoraria en la ‘blanquitud’ señorial”.

García Linera considera que “para este tipo de medioambientalismo, la naturaleza a proteger es aquella que debe estar alejada del ruido urbano y conglomerados populares politizados”.

Protesta en su artículo contra la oposición regional que encontró el asentamiento quechua en la reserva forestal de El Paquió, en la población cruceña de Roboré. Hubo “toda la trama de impostores ambientales salieron a denunciar que, poco menos, las lluvias de todo el país estaban en peligro por el destructor chaqueo de unas decenas de familias quechuas”.

Página Siete

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