Con un brevísimo apretón de manos ante las banderas de Estados Unidos y Corea del Norte, Donald Trump y Kim Jong-un se volvieron a encontrar este miércoles en el lujoso hotel colonial Metropole de Hanói, abriendo así su segunda cumbre tras la de Singapur en junio del año pasado. Tras el posado de rigor frente a las cámaras, ambos se sentaron para intercambiar unos saludos de cortesía en los que dejaron traslucir algunas tímidas sonrisas que rompieron su frialdad inicial.

«Creo que su país tiene un tremendo potencial económico… increíble, ilimitado… Creo que usted tendrá un tremendo futuro con su país… Usted es un gran líder. Espero ver con ilusión cómo ocurre. Y le ayudaremos a que ocurra», le prometió Trump al joven dictador norcoreano, a quien intenta convencer de los beneficios que obtendrá si renuncia a sus armas atómicas.

Por su parte, Kim Jong-un se mostró convencido de que esta segunda cumbre «tendrá un resultado positivo» y aseguró que hará «todo lo posible» para ello. Aunque reconoció que «ha sido un periodo que ha requerido mucha paciencia y esfuerzo», se congratuló de haber sido capaces de «superar los obstáculos» y estar allí ayer.

Ocho meses después de su histórico encuentro en Singapur, Trump y Kim vuelven a sentarse frente a frente en la capital de Vietnam, un país comunista que también libró una guerra atroz con EE.UU. y cuyo progreso económico tras abrirse al capitalismo puede inspirar a Pyongyang. Para preparar su reunión de hoy, que el presidente estadounidense espera que sea «igual o mejor que la primera», cenaron juntos anoche. Aunque Trump admitió que «a alguna gente le gustaría que las cosas fueran más rápido», se declaró «satisfecho» con el ritmo de las negociaciones, porque ha habido «muchos progresos» en su relación, que calificó de «buena».

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Con esta nueva cumbre, ambos quieren desbloquear el desarme nuclear de la península coreana que acordaron en Singapur. El problema, como en aquella ocasión, es lo que cada uno entiende por esa desnuclearización. Mientras la Casa Blanca exige un inventario completo del arsenal atómico norcoreano y su desmantelamiento verificable e irreversible, el régimen de Pyongyang quiere la retirada del armamento táctico, como portaaviones, bombarderos y misiles nucleares, con el que EE.UU. le tiene a tiro desde sus bases en el Pacífico.

Inspectores internacionales

Tras los gestos de buena voluntad de Kim Jong-un, que el año pasado desmanteló su silo de pruebas atómicas de Punggye-ri y su rampa de lanzamiento de misiles Dongchang-ri (o Sohae), la clave radica ahora en el levantamiento de las sanciones internacionales que merman su economía.

Para ello, Corea del Norte podría cerrar su reactor nuclear de Yongbyon, lo que requeriría la entrada en el país de inspectores internacionales que comprobaran el proceso. En caso de alcanzarse, sería un logro histórico que abriría la puerta a la reconciliación entre Washington y Pyongyang, enzarzados desde hace dos décadas en este tira y aloja atómico.

«No será fácil, porque Corea del Norte desconfía no solo de Trump, sino también de la democracia en EE.UU., ya que teme que un cambio de Gobierno en las próximas elecciones presidenciales mine el proceso», analizó ayer el presidente del Instituto Sejong, Paik Hak-soon, en un debate de expertos surcoreanos paralelo a la cumbre. Por ese motivo, aseguró que el régimen de Kim Jong-un quiere culminar las negociaciones antes de que Trump acabe su primer mandato el próximo año.

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Más fácil parece alcanzar el consenso en otros asuntos sobre la mesa, como la firma de un acuerdo de paz que ponga fin, oficialmente, a la guerra de Corea, que sus dos países libraron hace casi siete décadas y terminó solo con un armisticio. De esa época quedan todavía en Corea del Norte restos de soldados estadounidenses que Pyongyang podría entregar a sus familiares, como ya hizo el pasado verano fruto de la cumbre de Singapur. Además, los negociadores barajan el establecimiento de oficinas de enlace para agilizar las comunicaciones entre los dos países.

A pesar de los avances que podría traer esta cumbre, también hay en EE.UU. quien acusa al presidente Trump de oportunismo político por los problemas que tiene en casa. El último, ayer mismo, la declaración ante el Congreso de su abogado personal, Michael Cohen, aireando sus trapos sucios. «Las negociaciones diplomáticas son vitales para solucionar algunas de las más peligrosas amenazas para la seguridad nacional. Pero lo que hemos visto hasta ahora suscita legítimas preguntas sobre las verdaderas intenciones del presidente en esta cumbre. ¿Es su objetivo reducir los riesgos de una Corea del Norte nuclear para las familias americanas o simplemente desviar la atención de sus retos en casa?», se plantea en un comunicado Andrew Albertson, director ejecutivo de la organización Foreign Policy for America.

Problemas con el menú

Al margen de estas suspicacias, Trump intentará impulsar este jueves la desnuclearización de Corea, con la que acallaría muchas críticas y pasaría a la historia. Para convencer a Kim Jong-un, anoche se reunieron en torno a una mesa en la que parece que hasta hubo problemas para ponerse de acuerdo en el menú. Finalmente, tomaron cóctel de gambas, entrecot con kimchi –la típica verdura fermentada coreana– y pastel de lava de chocolate.

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Este jueves se verá si acertaron con la elección o se les indigesta la cena. Durante toda la mañana volverán a reunirse en el mismo hotel Metropole para desatascar el desarme nuclear de Corea.

abc.es

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