El mundo despide con tristeza al Papa Francisco, quien falleció este lunes a las 7:35 (hora local), según informó el Vaticano. Más allá de su rol como líder de la Iglesia Católica, Jorge Mario Bergoglio llevó siempre una pasión inquebrantable en su corazón: San Lorenzo de Almagro. Su vínculo con el club azulgrana fue más que una simple simpatía; fue una historia de amor futbolero que acompañó cada etapa de su vida.
Fanático desde la infancia, Bergoglio heredó la pasión de su padre Mario y, a los 9 años, presenció en el viejo Gasómetro al legendario equipo campeón de 1946, encabezado por el Trío de Oro: Farro, Pontoni y Martino.
Esa campaña dejó una huella imborrable en su memoria, al punto que décadas más tarde aún recitaba de memoria la formación completa.
Socio del club desde 2008, nunca dejó de pagar su cuota, incluso después de su elección como Papa en 2013. Aunque afirmaba no mirar televisión desde 1990, seguía los partidos gracias a informes discretos de los guardias suizos en el Vaticano.
Su pasión por San Lorenzo fue tan notoria que, tras la obtención de la Copa Libertadores en 2014, recibió en el Vaticano a jugadores y directivos que le entregaron una réplica del trofeo. “Son unos caraduras”, bromeó al ver una camiseta con una aureola sobre el escudo.
Ese cariño también se vio reflejado en gestos íntimos. En 2009, como arzobispo, visitó la pensión del club y confirmó a varios juveniles, entre ellos un adolescente Ángel Correa. Años después, Correa fue campeón de América, del mundo y de la Libertadores con el club que un día bendijo.
“Que gane San Lorenzo” no fue solo una frase. Fue un deseo sincero de un hincha que jamás dejó de serlo, incluso cuando el mundo entero lo llamaba Su Santidad.
AGENCIAS








