La violencia callejera es algo conocido en Irlanda del Norte.
Tras la partición de la isla a principios del siglo XX, los constantes enfrentamientos entre las comunidades protestante y católica tiñeron de sangre al territorio británico hasta los acuerdos de Viernes Santo de 1998.
Sin embargo, en los últimos días, la frágil paz se ha visto alterada por un presunto caso de violación, el cual ha desatado una ola de violentos disturbios callejeros en la localidad de Ballymena, que ya dura tres noches y en la que las viviendas y comercios de personas de origen extranjero han sido atacadas.
«Lo que está sucediendo es puro racismo, no hay otra forma de presentarlo», aseguró Michelle O’Neill, ministra principal de Irlanda del Norte.
Decenas de personas ante una barricada policial en Irlanda del Norte el lunes.
El origen de los desórdenes
La raíz de los disturbios que vienen teniendo su epicentro en la localidad, de 30.000 habitantes y situada a 47 kilómetros al norte de Belfast, la capital de Irlanda del Norte, está en la agresión sexual que habría sufrido una menor en la noche del sábado.
Por estos hechos, la policía detuvo, horas después, a dos adolescentes de origen rumano, quienes, al ser llevados ante un juez, negaron las acusaciones en su contra.
Sin embargo, el domingo comenzaron a aparecer grafitis racistas en distintas paredes del pueblo y por redes sociales se convocó a una «protesta pacífica para mostrar nuestra indignación por lo que no se puede ni se tolerará aquí» para el lunes por la noche, narró Mark Simpson, corresponsal de la BBC en la zona.
Cientos de personas respondieron a la convocatoria y se realizó una marcha por algunas calles de Ballymena, la cual discurrió sin incidentes.
No obstante, otro grupo, integrado en su mayoría por jóvenes enmascarados, se congregó en la zona donde habría ocurrido la agresión sexual y comenzó a lanzarle piedras, fuegos artificiales y cocteles molotov a la policía.
Aunque las autoridades han respondido y se han producido media docena de arrestos, los disturbios no solo no han cesado cada noche en Ballymena, sino que se han extendido a otras localidades como Newtownabbey, Larne y Carrickfergus, en el norte de Belfast.
Contra los extranjeros
Pero además de enfrentarse con los uniformados, los manifestantes han dirigido sus ataques en contra de casas, tiendas y otras propiedades de extranjeros.
En algunas viviendas han aparecido carteles con las nacionalidades de los residentes. «Hogar británico» y «Aquí vive un filipino», se lee en algunas de los letreros pegados en las puertas de las residencias, reportó Maria McCann, periodista de la BBC, quien se trasladó hasta Ballymena.
Mika Kolev, una búlgara que reside desde hace años en la localidad, confesó que estaba considerando regresar a su país natal después de que su casa resultara dañada en los disturbios del martes.
«Sé lo que va a pasar, así que no puedo esperar a que ocurra. Tengo que salvar a mis hijos, tengo que salvarlos», dijo.
Kolev aseguró que «niños furiosos» publicaron fotografías de su casa en redes sociales.
«Siento que este es mi país, esta es mi ciudad. Mi hija nació aquí, pero ahora tengo mucho miedo», admitió.
Por redes sociales también han circulado videos, en los cuales se observa a jóvenes enmascarados lanzado piedras y otros objetos contundentes en contra de viviendas en las cuales se encontraban personas dentro.
«Si son de aquí, tienen que salir. Si no son de aquí, quédense dentro», se escucha en una de esas grabaciones.
Estos hechos explican por qué el subdirector del Servicio de Policía de Irlanda del Norte (PSNI, por sus siglas en inglés), Ryan Henderson, ha calificado la ola de disturbios como «matonismo racista dirigido contra las minorías étnicas y los agentes de policía».
El primer ministro británico, Keir Starmer, también ha condenado los hechos.
«Es absolutamente vital que la policía tenga el tiempo necesario para investigar los incidentes en cuestión (la supuesta violación), en lugar de enfrentarse a ataques sin sentido», dijo este miércoles en el Parlamento.
El miércoles en la noche, un grupo atacó un centro deportivo en Larne, a 30 kilómetros del origen de Ballymena. A estas instalaciones se creía fueron llevadas algunas de las familias cuyas viviendas fueron atacadas en las noches anteriores.
Sin embargo, al momento del incidente, adultos y niños se encontraban practicando natación, yoga y otros deportes, relataron algunos testigos a la BBC.
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