El ahora ex candidato presidencial Jaime Dunn irrumpió en la escena mediática como una supuesta “blanca paloma”, un tecnócrata apolítico, con un dudoso título en economía. En sus primeras entrevistas, vendía la imagen de analista imparcial, aunque más tarde se descubrió que sus credenciales académicas no eran más que simples cursillos tomados en el exterior, sin que hasta hoy se sepa con claridad cuál es su verdadera formación profesional.
Pero bastó que se proclamara como candidato para que saliera a la luz su historial político y burocrático. Según su propio currículo, fue alto funcionario de la entonces Prefectura de La Paz entre 1998 y 1999, en la gestión de uno de los prefectos más corruptos que tuvo el departamento, Chito Valle, de ADN. Incluso, llegó a ser prefecto interino. Más adelante, en los años 2000, trabajó como funcionario en la Alcaldía de El Alto durante la gestión de José Luis Paredes, del MIR. Es precisamente desde este cargo que arrastra procesos y deudas impagas con ese municipio, que durante más de 20 años no pudo ni quiso resolver.
Por si fuera poco, durante el gobierno del MAS, Jaime Dunn fue nada menos que gerente general de la estatal NAFIBO, hoy Banco de Desarrollo Productivo (BDP), entre 2006 y 2011. El propio Dunn confesó en entrevistas que se reunía regularmente con el entonces ministro de Economía, Luis Arce. Es decir, no solo fue parte del aparato estatal que ahora critica, sino que vivió cómodamente de él. Nunca levantó una sola objeción al modelo que supuestamente hoy rechaza. Su supuesto liberalismo no nació por convicción, sino por oportunismo electoral.
Y es que lo de Jaime Dunn fue puro marketing. En lo que a otros políticos les toma décadas saltar de tienda en tienda, a Dunn le tomó apenas un mes: primero fue proclamado por ADN, mostrando incluso admiración por Banzer; luego por el PDC; días después por el MNR; y finalmente por el partido de reciente creación NGP, que enfrenta un escándalo mayúsculo por fraude en el registro de militantes, incluyendo la suplantación de huellas biométricas de cientos de ciudadanos, un delito gravísimo.
A todo esto se suma el hecho de que Dunn fue inhabilitado por tener deudas pendientes con el Estado. Intentó resolverlas a última hora, cuando ya era demasiado tarde. Y eso dice mucho: si ni siquiera puede resolver sus propios problemas administrativos personales, ¿cómo pretende solucionar los del país?
Jaime Dunn es el ícono de la improvisación política, expresión de esta chacota electorera. Su discurso no es más que un refrito de coaching barato y frases efectistas, sin contenido, sin sustancia. Engañó a sus seguidores haciéndose pasar por lo que no era, y terminó revelando su verdadera cara: la de un político reciclado, oportunista, sin coherencia ni responsabilidad. Bolivia no necesita más farsantes. Necesita líderes con convicción, honestidad y coherencia. Dunn no es, ni fue, ninguno de ellos.









